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Rosas negras

Va a encontrarse con él en uno de los barrios marginales de la ciudad.

Los bloques de pisos se amontonan sin sentido, dejando apenas espacio entre ellos para que se acumulen los cubos de basura.

Casi es de noche y empieza a sentir miedo de que algo en ella la delate como ajena a este mundo olvidado, pero pasa desapercibida y consigue llegar al portal.

Él vive en el último piso y cuando acaba de subir las escaleras siente que le falta la respiración. Llama a la puerta pero no hay respuesta. Se abre la puerta a su espalda y sale de ella una mujer con la que parece que la vida se ha ensañado con placer. Su pelo está arremolinado alrededor de su cabeza y le tapa prácticamente la cara, pero se puede adivinar el desprecio en su mirada.
Abre su boca de forma que parece que sonríe:
- Tiene que llamar más fuerte, el cabrón estará durmiendo, como siempre.
Vuelve a llamar, con más fuerza y espera.
- Si eso es todo lo fuerte que puede aporrear la puerta, le está haciendo ganar el dinero muy fácilmente, menudo vago. Aunque a ti ya te debería dar vergüenza.

Está completamente desnudo, la invita a pasar y cierra la puerta.
- Deja la pasta sobre la mesa. Me voy a dar una ducha. Qué pronto has llegado, joder.

Entra en la única habitación del piso. En la esquina hay una mesa llena de libros sobre la que deja el dinero. 150 euros. La cama ocupa casi toda la habitación y frente a ella hay dos ventanas, se acerca y mira a través de una de ellas. Sólo un mar de tejados renegridos por la contaminación.
En la calle, las pocas farolas que están en pie prefieren no echar demasiada luz sobre este infierno. Cierra las cortinas.

La puerta del cuarto de baño está abierta y puede verle. No sabe la edad que tiene, pero no llega a los treinta. Es alto, su cuerpo es musculoso y el pelo le cae sobre los hombros. Su belleza es salvaje y sus movimientos arrogantes.
Se seca con una toalla que tira al suelo.

- ¿Aún estás vestida?.
- Tenemos que hablar.
- Claro mujer, pero después.

Oscar

Amanda es la encargada de la limpieza del asilo del Ayuntamiento y la que cuida de Oscar, un gato apacible y tranquilo al que encontraron maullando en la puerta de la entrada.Durante el día, mientras está más ocupada, lo deja pasear libremente para que haga compañía a los ancianos, que lo acarician con mimo y de vez en cuando le echan miguitas de su comida.
Por la noche, cuando ya sólo le queda limpiar el sótano, coge a su gatito para que la acompañe.

Antes de que llegara Oscar, bajaba al sótano sola y no le importaba, salvo que ese día hubiera muerto alguien, porque entonces tenía que limpiar hasta el último rincón con el cadáver amortajado sobre una camilla, en el centro de la habitación.

Hasta el día siguiente la funeraria no llegaba para llevárselo, y por mucho que se había quejado, desde la administración del asilo le habían asegurado que no había otro sitio donde dejarlo.

Una noche, mientras estaba limpiando el sótano, con el cadáver detrás de ella, escuchó un ronroneo. Se dió la vuelta y vió a Oscar subir de un salto sobre la camilla, dándole un susto de muerte.
Mientras acababa de reirse para aliviar la tensión, vió que el gato buscaba bajo la sábana. Le llamó para que saliese, porque ella no pensaba acercarse y al cabo de un rato, el gato saltó fuera con algo en la boca.

Horrorizada por lo que había ocurrido y pensando que la harían responsable, limpió cualquier rastro, hizo una nueva mortaja y esperó que nadie se diera cuenta.

Al día siguiente vió como la funeraria cargaba el cadáver en el ataúd y lo cerraba.
El asilo es el último refugio para los ancianos sin familia, así que nunca nadie reclamó por nada.

Desde entonces Amanda no puede evitarlo, cuando Oscar le mira con sus grandes ojos color miel y maúlla hambriento, le deja comer todo lo que quiera.

Pit bull

Lo que a ti te parece una situación idílica, para mi es una tortura.
Sé que si me dejo llevar por mi instinto sufrirás, me reprocharás no haberme mantenido bajo control, sabiendo cómo hacerlo, me mirarás de esa forma que me hace sentir con ganas de morir.
Porque te quiero más que a nada en el mundo, pero también soy lo que soy, ¿es que no lo ves?.Eres tan feliz pensando que has conseguido lo que nadie había podido conseguir antes, que no quieres entender que he tenido que renunciar a tanto, que ya no encuentro ningún motivo para ser feliz.
Cada día que pasa voy perdiendo mi identidad, ya casi no me reconozco.
Si lo que querías era vivir así, no sé por qué te fijaste en mi.
Podías haber escogido un caniche, uno de esos perritos falderos preocupados tan sólo de agradarte, que ya carecen de cualquier molesto instinto que te incomode.

Pero no sé por qué me escogiste a mi, que adoro la caza, la persecución, que sueño con batirme hasta la extenuación con mi enemigo y acabar con él si no se somete a mi. He nacido para derrotar a gigantes y me tienes rodeada de pollitos.
Y la historia sigue y sigue.

Sólo espero que llegue el día en que te des cuenta de lo que estás haciendo y me liberes de esta carga.

Planned

Esta mañana me he levantado y he mirado el termómetro de la ventana, señalaba nueve grados.
Así no hay quien pueda, hombre.
Que se contratan tres meses de verano y ya estamos con los retrasos.
Les llamé y les dije que ya estaba bien de fastidiar, que la primavera había sido una tortura con tanto polen, tanta tormenta y tanta agua y que no iba a admitir ningún jueguecito con el verano.
Que lo quería para ayer y servido en bandeja de plata.
Que lo quería cálido y agradable, con ese puntito abrasador al mediodia, pero lleno de tardes sensuales y relajantes.
Me dijeron que si, que si, que no me preocupara, pero creo que justo antes de colgar escuché una carcajada.
Tal vez fue una interferencia.Habrá quien se pregunte qué es el planned.
Pues el planned es un juego sencillito, divertido y original al que se puede jugar mientras fuera es verano, pero hay nueve fresquísimos grados.

El Trébol

La costumbre consistía en reunirse a tomar unas cervezas en los puntos de pliegue del espacio-tiempo.Al principio de los viajes en el tiempo estos puntos de reunión no existían como tales. La Agencia los tenía detectados pero en ellos no había lugares de reunión, lo que había era ni más ni menos que lo que existía en ese sitio y en ese tiempo. Podía ser un bosque, estar en mitad de un río, bajo el océano o a cientos de kilómetros del suelo.
Con el tiempo se fueron construyendo en esos puntos unos locales, en los que los Agentes podían detenerse a charlar, a cambiar impresiones de sus viajes o sencillamente a tomarse algo entre salto y salto.

El espacio-tiempo es un continuo formado por cuatro dimensiones. Tres de ellas son el espacio y una es el tiempo. Las tres que forman el espacio son la altura, la anchura y la profundidad, pero en realidad son tres aspectos de una misma dimensión. El tiempo es una dimensión diferente que está asociada al espacio de forma que son uno, sin ser la misma cosa, ni comportarse de la misma manera.

A nuestro profesor de la Academia, donde los Agentes estudiamos las nociones básicas de los saltos, le gusta describir el continuo espacio-tiempo como una cinta de velcro.
El espacio es la parte de la cinta de los ganchos, que atrapa al tiempo, que es la parte de la cinta algodonosa. A veces la cinta de algodón se escapa y crea bucles, que son los que aprovechamos nosotros para hacer los saltos.

Si pensamos en el espacio-tiempo como un laberinto en el que todos los caminos llevan a la salida, el momento presente sería el camino más corto y los momentos alternativos al presente serían los caminos más largos, que estarían formados sólo por tiempo y no por espacio.
Por eso es importante conocer con exactitud en qué momento estás cada vez que das un salto, ya que resulta irrelevante el espacio, que por decirlo de manera sencilla, siempre es el mismo.

Aquel día nos reunimos en el bar irlandés de Guolf, un yankee gigante e irreverente de pelo rojo, al que a veces le gustaba servir la cerveza lanzándola a lo largo de la barra de madera.
La jarra quedaba exactamente enfrente del cliente que la hubiera pedido y tenía tanta maestría, que se ajustaba al milímetro. Cuando la distancia pasaba los cuatro metros, su hazaña provocaba el aplauso general.

Guolf era un Agente nato, no de academia, había nacido con la facultad de ver los pliegues de forma natural, localizando uno de ellos donde vivía, en Mashpee, Massachusets.
El pliegue era tan estable que la Agencia decidió construir allí uno de los locales más importantes de la Tierra y por supuesto, Guolf pasó a encargarse de su gestión.
Se sentía muy afortunado, ya que a diferencia de la mayoría de los Agentes podía visitar con frecuencia a su familia y fue por eso por lo que lo bautizó con el nombre de “El Trébol” y grabó en la puerta de madera de la entrada un trébol de cuatro hojas, que pintó de verde.

Ya estaba cayendo la tarde, lo habíamos pasado bien contando nuestras historias a un grupo de novatos, que nos miraban con expresión de admiración.
Isabel, que era una de ellos, acababa de entrar hacía pocos meses a la Agencia y estaba en período de prácticas. Resultaba que tenía familia en Cape Cod, a pocos kilómetros de “El Trébol”.
Eran parientes lejanos, tanto, que se trataba en realidad de su bisabuelo, que en ese tiempo “real” tenía la edad de doce años.

Todos sabemos y además es uno de los primeros cursos de la Academia, que no se deben utilizar los saltos sin objetivo concreto establecido previamente, acompañado siempre de la autorización expresa de la Agencia.
Es cierto que podemos saltar a cualquiera de los locales y viajar en el tiempo asociado a ese espacio mientras estamos en ellos, pero lo hacemos con un salto desde dentro del mismo local, al tiempo que sea nuestro objetivo, nunca salimos directamente de la burbuja temporal.
Nadie había infringido antes esa norma.
Hasta que Isabel, esa tarde, lo hizo.

La más veterana en ese momento era yo, debería haber supuesto que la tentación era demasiado grande para ella y quedarme vigilándola, pero parecía una chica responsable.
Me levanté a por una bolsa de cacahuetes de la máquina del fondo del local y mientras regresaba a la mesa, la vi levantarse y caminar decidida al límite de la burbuja.

La traspasó y en ese momento, desapareció. Se hizo completamete invisible.
Me quedé petrificada, nadie nos había dicho que transgredir el sistema de saltos provocara la volatilización.
Todos estábamos paralizados de la impresión.
Entonces el shock fue aún mayor, vimos como una corriente de aire parecía moverse a través del local, como si alguien que no veíamos estuviera caminando por él.
Chaquetas colgadas de las sillas que se aplastaban, como si las comprimieran para pasar, servilletas de papel que se levantaban, un cliente se giró, mirando al aire, como si alguien lo hubiera empujado.Se abrió el portón de madera y Guolf, que estaba secando unos vasos, levantó la mirada, extrañado, esperando que alguien entrara.

Fue entonces cuando supimos por qué no se permitía salir de los locales sin autorización expresa.
Cuando se hacía de ese modo, los Agentes resultábamos completamente invisibles.

El beso

Te acercas a mi y me siento temblar. Sigues adelante, traspasas el límite que nadie se atreve a romper y sujetándome de la cintura me acercas a ti, para besarme suavemente en los labios.Te separas y esperas un segundo a que sea yo quien continúe y lo hago, sin prisa, disfrutando cada instante.
Ahora ya nada importa, no existe nadie más, nada más.

Las yemas de mis dedos arden cuando tocan tu piel, tus manos consiguen diluir mis pensamientos, espero que este instante dure para siempre, que el tiempo se detenga y sigamos viviendo este momento, eternamente.

El mar

Cuando te conocí estabas sentado en el suelo de la terraza de la casa, mirando al mar.
Tenía que hacer un recado cerca de allí y al pasar te vi y me detuve, esperando algún gesto, algún movimiento que indicara que estabas de paso o que esperabas a alguien.No parecía que fueras a moverte, así que me oculté detrás de una columna, junto a la curiosidad de saber qué hacías allí.
Pasó el tiempo y nadie llegaba, tampoco te movías, no hacías pasatiempos, ni leías un libro, ni escuchabas música, sólo estabas mirando al mar.

Al cabo de un rato me senté, pensando en lo ridículo que sería que alguien me viera allí sentada, oculta tras la columna, observándote.

De vez en cuando girabas un poco la cabeza, para poder contemplar el horizonte en su totalidad, pero no hacías ningún gesto más, no mirabas el reloj, no mirabas el camino que llegaba hasta la casa, como si alguien tuviera que llegar por él, nada hacía pensar que estabas impaciente, que esperabas algo, sólo mirabas al mar.

Me pareció que alguien se acercaba y me levanté, te miré y no te habías movido. Salí de mi escondite, me apoyé en la columna y empecé a observarte abiertamente.
Después empecé a mirar al mar.
Se escuchaba a las gaviotas sobrevolar el acantilado y a las olas romper contra él, una y otra vez.
El viento agitaba las copas de los árboles que rodeaban la casa.

Estuvimos así varios minutos, nadie llegó, nada ocurrió y sin más, te levantaste y entraste en la casa.

Fue en ese momento cuando me di cuenta que me había enamorado de ti y que sería para siempre.
Desde ese momento quise saber a donde irías el resto de tu vida, quise saber qué sentías a cada instante, quise compartir contigo todos los momentos que me quedaran por vivir y que lo hiciéramos como ese día, sin mirarnos el uno al otro, sino los dos juntos, mirando al mar.

Orquídea

Cuando eran unos niños, con apenas trece años, él corría detrás de ella para conseguir besarla en los labios. Cuando lo conseguía saltaba y reía como si hubiera conquistado una de las cumbres más altas de la tierra.

La llevaba flores, la escribía cartas de amor y siempre la miraba como si pudiera ver el sol sin quemarse los ojos.
Un día le habló muy seriamente, le dijo que la quería, que necesitaba saber si ella sentía lo mismo, porque si no era así, más le valía apartarse y tratar de olvidarla.
Ella contestó que lo quería más que a un amigo, pero que no sabía si sentía lo mismo que él.
Su mirada se volvió tan triste que hubiera podido contener toda una vida dentro de ella.Al cabo de cinco años se encontraron en una discoteca, ella le presentó a su pareja y él le saludó con un “Ya puedes cuidar muy bien de ella, lo merece”. Hablaron durante un rato y se despidieron con un abrazo.

Pasaron más de veinte años y un día, cuando ella salía de un centro comercial, le pareció volver a verle y se detuvo sin poder creerlo, durante todo ese tiempo apenas había pensado en él, tal vez sólo como un recuerdo agradable de la infancia y allí estaba, seguía teniendo ese aspecto de chaval travieso.

Cuando él la vió se acercó directamente y la abrazó, estrechándola con fuerza contra él, miró con atención cada detalle de su cara, después se apartó para verla completamente y la dijo sonriendo que no había cambiado nada.
Su mirada era tan sincera, siendo tan imposible que lo fuera, que empezaron a reir.
Se fueron a una cafetería a tomar algo y hablaron de cómo les habían ido las cosas, se hizo muy tarde y quedaron en volver a verse otro día.
Se intercambiaron los teléfonos.
Él dijo, con un guiño, que no la llamaría, que debía llamar ella, pero ella nunca lo hizo.

Furia

Cómo me gustaría poder decir que lo siento y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo no sé hacerlo, el diablo que habita en mi interior me impide tener compasión. No siento ninguna empatía hacia quien me hirió sin importarle cuanto sería mi sufrimiento.No consigo pensar en ti como en una persona, sólo eres un animal salvaje al que hay que aniquilar y que sigue vivo, tan sólo, porque disfruto observando cómo la tortura te somete a la indignidad más absoluta.
Mi venganza se ha hecho realidad y siento placer consiguiendo que sufras, aunque sé que no llegarás al punto en que yo lo hice, porque no sabes ni que existe ese camino, deberías tener corazón para saberlo.

Cómo se transforma la adoración en odio, el amor en furia.
Sólo fue necesario que un amigo me abriera la puerta que tenías cerrada y me enseñara la realidad, hábilmente oculta bajo tus halagos y sonrisas.

Tanta atención, tanta dedicación, ya me había preguntado a qué se debía tu interés y cuando lo supe sólo tuve que dejar que lo poco que me queda de humanidad muriera.
Nunca tuve la más mínima duda de que debía acabar contigo, aunque al hacerlo supiera que todo mi amor desaparecería también, para siempre.

Aún sueño con aquellos días en que nuestras miradas se cruzaban cómplices y pensábamos en cuando llegaría el momento de abandonarnos a nuestros deseos.
Pero ya no eres tú quien protagoniza mis pasiones, sólo es tu imagen, la efigie vacía y sin alma que se mantiene viva gracias al aliento de mi amor.

Confórmate con el hastío de tu vida, sigue jactándote frente al espejo soñando con que una vez pude haber sido tuya. Nunca habría ocurrido.

Son diecisiete

Esa noche, a las doce, cumplía diecisiete años. Había ido a celebrarlo al bar El Norte en Pozuelo, con su pandilla de amigos pijos de la urba. Se pidieron unos minis de cerveza, leche de pantera y Baileys y mientras iban quitándose los abrigos empezó a sonar Lobo hombre en París, de La Unión.Entre la nube de humo se podía ver la televisión, que estaba en una esquina, encima de la barra. Desde el Thriller de Michael Jackson se había puesto de moda hacer “video clips” con las canciones que tuvieran algún éxito y de ahí a poner los videos en los bares de copas, fue sólo un paso. Acabó La Unión y empezó The Communards, con su alegre Don´t leave me this way machacando los oidos, “no me dejes de esta manera”.

Recordó al holandés que había conocido el último verano. Un magnífico dios apolo de casi dos metros de altura, de pelo rubio y ojos azules, tierno como un niño, lo que era más que razonable, porque sólo tenía 19 años.
Fue un encuentro casual y no le dió la más mínima importancia, sin embargo para él no resultó lo mismo y al día siguiente la llamó. Quedaron durante la semana que estuvo de vacaciones en Madrid y al marcharse quería que se escribieran o que se llamaran, que mantuvieran el contacto, que podían verse en Navidades, o con toda seguridad el próximo verano.
“No me dejes de esta manera”.
Ella no lo entendía, si ni siquiera había algo que dejar. Las lágrimas resultaron aún más incómodas. Era un guerrero vencido.

Al acabar la primera ronda de minis, la noche empezó a calentarse.
Las chicas propusieron un brindis por su último año siendo menor de edad, a base de chimpunes, que no eran otra cosa que vasitos de whisky con Fanta de limón, a los que se golpeaba para mezclarlos y después beberlos de un golpe.
Dos brindis más y el holándes era sólo un triste recuerdo.

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