Llegaba tarde, la luz de las farolas brillaba en el agua del asfalto y salpicaba sus botas, mientras corría hacia la puerta del bar.
Dejó la cerveza en una mesa y ya con las manos libres consiguió colgarlo sin que los demás abrigos cayeran al suelo. Cuando fue a coger la cerveza se giró y miró hacia la puerta y en ese preciso momento él entraba por ella.
El tiempo se detuvo, se quedó mirandole tratando de distinguir su imagen real de la que tantas veces había soñado, había pasado tanto tiempo desde la última vez que le vió que se sentía como si le hubieran ofrecido un regalo eternamente soñado y deseado.
Retiró rápidamente la mirada y fingió indiferencia, esperó a que el corazón dejara de saltarle en el pecho, y cuando se había asegurado de que no había nada que pudiera delatar lo que sentía, se acercó a él y le saludó, con la esperanza de que algo hubiera cambiado.
Hablaron toda la noche, el bar se fue quedando vacío y llegó el momento de marcharse. Sabía que nunca podría cambiar las cosas, que no podía esperar nada más de él, y mientras le decía adiós el amor se transformó en soledad.





